lunes, 09 diciembre 2019, 10:26
Jueves, 14 Noviembre 2019 06:04

¿Quién le pone un bozal a Trump?

Escrito por  M. H. Lagarde
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Al parecer, cual un esquizofrénico, el actual emperador ha rediseñado el mapa político mundial acorde a los inconmensurables límites de su megalomanía y paranoia.


Marcadas por el gobierno de Estados Unidos como las principales propagadoras de noticias falsas (fake news), las redes sociales, Facebook y Twitter, han anunciado recientemente la puesta en marcha de varias medidas para poner freno a la desinformación que prolifera a mansalva en sus servidores.

Así, a un año de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, Facebook se prepara para no volver a repetir los errores y la debacle del 2016, con un plan para evitar interferencias internacionales.

«Tenemos la responsabilidad de detener cualquier abuso e interferencia en nuestra plataforma», ha dicho el grupo comandado por Mark Zuckerberg.

Y para ello, la red social está probando un sistema de verificación del perfil de los usuarios con una especie de video-selfie, que implica el reconocimiento facial y que, según cree, podría ser un freno para las cuentas falsas.

Por su parte, hace poco menos de una semana, y con la misma intención, Twitter publicó que, a partir del 22 de noviembre, ya no difundirá más publicidad política en ninguna parte del mundo.

«Aunque la publicidad en internet es increíblemente poderosa y muy efectiva para los anunciantes comerciales, ese poder trae consigo riesgos significativos en la política», dijo en un tuit Jack Dorsey, cofundador y presidente de la empresa.

Sin dudas, las nuevas políticas, tanto de Facebook como de Twitter, ayudarán, en gran medida, a contener el flujo de eso que se ha dado en llamar eufemísticamente posverdad, y a evitar las interferencias internacionales que, según el gobierno de Estados Unidos, influenciaron en las elecciones de 2016.

Para complacer las continuas presiones del Congreso en ese sentido, en los últimos meses ambas redes han cerrado centenares de páginas y cuentas de usuarios de los supuestos enemigos que «influyen» en las elecciones estadounidenses; sin embargo, está por ver cuál será la política de dichas redes con las fake news que generan personajes como el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Para nadie es un secreto que una buena parte de las noticias falsas de la campaña presidencial de Estados Unidos en 2016 fue propagada por los asesores de campaña de Trump.

Donald Trump dijo falsedades tales como que Hillary Clinton y Barack Obama fundaron el ISIS o que Obama había nacido en Kenia, informaciones que fueron publicadas «como declaraciones del candidato republicano» en los medios de comunicación tradicionales.

Según el estudio «Medios de comunicación y posverdad: Análisis de las noticias falsas en elecciones presidenciales de EE.UU. de 2016», de Priscilla Muñoz Sanhueza, el proceso eleccionario estuvo marcado por un manto de fake news, que tuvieron su punto más alto desde agosto de 2016 hasta el día de los comicios, donde llegaron a ser compartidas en Facebook más informaciones fabricadas que las «verdaderas» (las que, en su mayoría, favorecían a Donald Trump).

El mismo estudio recuerda que la mitomanía del actual presidente no es nada nuevo: «Hay registros de que desde 2011 empezó a cuestionar el país de nacimiento de Obama en televisión y en Twitter, citando supuestas fuentes y sitios como WND.com y FreedomOutpost.com, que se caracterizan por publicar falsedades (Maheshwari, 2017)».

Memorables son también dichos del republicano como que «en Nueva Jersey fue celebrado el atentado del 11-S; que su imperio comercial lo comenzó con un “pequeño préstamo” de su padre, cuando heredó cuarenta millones de dólares».

En marzo de 2017, nuevamente utilizando Twitter, acusó a Barack Obama de haber ordenado en octubre de 2016 que lo espiaran, interviniendo los teléfonos de su centro de operaciones, sin entregar ninguna prueba, lo que fue desmentido por un portavoz del exmandatario.

Como si fuera poco, en abril de este año, The Washington Post reveló un informe en el que se aseguraba que después de 800 días en el cargo, el presidente estadounidense había hecho más de 10 000 declaraciones «falsas o engañosas».

Si a alguien todavía le quedara dudas de esta característica personal del actual inquilino de la Casa Blanca, solo tiene que revisar el contenido de la última intervención de Trump durante el 74 Período de Sesiones de la Asamblea de las Naciones Unidas.

Qué se puede hacer cuando hasta la llamada prensa seria calla, de manera cómplice, ante las cínicas mentiras de Trump sobre Irán, China, Venezuela o Cuba.

Para quienes fueron testigos de la intervención de la embajadora norteamericana ante la ONU, a propósito de la votación de un proyecto de ley contra el bloqueo a Cuba, no cabe ninguna duda de que, en la era imperial de Donald Trump, la mentira ha suplantado a la verdad.

Al parecer, cual un esquizofrénico, el actual emperador ha rediseñado el mapa político mundial acorde a los inconmensurables límites de su megalomanía y paranoia.

A tono con esta última faceta de su personalidad, en más de una ocasión ha llamado, cual si de empresas federales se tratara, a contar a los dueños de las redes sociales para acusarlos de censurar a su persona o a los seguidores del pensamiento conservador que lo entronizó en la oficina oval.

Vale preguntarse: Si Trump logra sobrevivir, mentiras mediante, al impeachment al que pretenden someterlo los demócratas, ¿alguien logrará ponerle un bozal de honestidad?

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