domingo, 16 junio 2019, 23:53
Domingo, 15 Junio 2014 01:15

Mi padre fue mi primer maestro

Escrito por  Elizabeth López Corzo/Cubasí
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Siempre digo que todo lo que sé lo aprendí de mi padre. Él me regaló las mejores «clases particulares» desde que yo era una niñita.

Y no exagero, incluso los conocimientos que fui incorporando de adulta ya tenían su origen en las tantas explicaciones en forma de cuentos que mi papá me daba cuando íbamos de paseo o cuando nos sentábamos a conversar en casa con mi madre.

 

Los paseos con mi papá nunca fueron breves o simples saliditas de fin de semana. No teníamos día fijo y el mayor divertimento estaba en todas las cosas nuevas que yo descubría en cada recorrido. Me resulta gracioso aún, cuando recuerdo esos momentos, el estilo de mi papá para «abrirme las entendederas», para enseñarme a razonar sobre los misterios del mundo, para admirar las cosas lindas que la naturaleza nos ponía delante nuestro.

 

No solo aprendí a escribir a los cuatro años con él, lo mejor fue enamorarme del cine y conocer desde tan pequeña esa gran pasión que es la lectura. Hasta el teorema de Pitágoras empecé a aplicar desde entonces cuando intentaba cortar distancia en alguna caminata. «La vía que indica la línea de la hipotenusa es siempre más corta que la que forman los catetos», recuerdo que me decía. Y en aquel momento yo no tenía plena conciencia de lo que hacía, yo simplemente lo seguía.

 

Un día, siendo una adolescente, llegó la clase de Pitágoras en la escuela y solté un «Ah, ya sé por qué…», y fue como cerrar y abrir un ciclo en mi vida de estudiante. Ahí fue cuando comencé a creer que estaba preparada para recibir todo el conocimiento posible, y no hablo de petulancia ni autosuficiencia.

 

Mi papá había sembrado en mí, con toda intención, algo que nunca muere, sino que crece en cada época de nuestra existencia, algo que se ensancha con cada experiencia vivida.

Hablo del deseo de saber, de preguntar, de cuestionar… de la capacidad de sentirme feliz por una clase interesante y de avergonzarme si, al regresar de la escuela, no tenía nada nuevo que contarle a mi familia, como decía Martí.

 

Mi padre es científico, pero pudo haber escogido cualquier otra profesión; lo que yo le agradezco es lo que él me inculcó, el buen camino que me mostró para que yo fuera «alguien en la vida», el amor infinito que me entrega cada día y que yo ahora le devuelvo…

 

Hay tantos detalles, tantas historias, tantos recuerdos que me hacen dichosa gracias a mis padres, a lo que ellos me dieron, a la oportunidad de vivir juntos.

 

Mi papá siempre ha sido mi ídolo, aunque quizás nunca se lo he dicho con esas palabras. Él no tiene internet, quizás este escrito no llegue a él, a no ser que algún compañero de trabajo lo lea y se lo muestre, a no ser que yo me decida y se lo dé en este día. Eso quizás no sea lo más significativo.

 

Lo verdaderamente importante es el amor que le tendré siempre, aunque a veces nos peleemos porque él quiera dominar el control remoto del televisor y no nos deje ver la novela, o aunque a veces se coma todo el dulce y luego sonría como un niño que no ha hecho nada malo…

 

Estoy muy orgullosa de la educación que mis padres me dieron. Ellos pusieron la parada muy alta. Gracias a lo especial que he vivido con mi papá, me siento segura de escoger el padre adecuado para mis hijos. Ojalá yo pueda ofrecerles a ellos lo que mis progenitores a mí. Ojalá cuando ellos sean grandes y les pregunten por mí y mi esposo respondan, sin dudar, que tienen los mejores padres del mundo, como lo digo yo ahora.

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