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Miércoles, 02 Julio 2014 11:03

Van Van es una cuestión de principios

Escrito por  Mabel Olalde Azpiri

Desde un íntimo homenaje a Benny Moré hasta la espléndida sonrisa en respuesta al cartel de un relojero que no desea ser molestado, ni siquiera por el mismísimo Juan Formell, las instantáneas atrapan esencias de quien inmortalizó a Marilú y a Pastorita.

El legendario conductor de una agrupación conocida como “el tren musical de Cuba” —visto a través del lente de Iván Soca— acompañará los excesos del verano con su picardía y sensibilidad tan singulares; las mismas que dieron luz a temas como Tranquilo Mota, Yuya Martínez, La Habana joven, Tal vez, De mis recuerdos o Lo material.


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Para tratar de explicar su magnetismo, el autor de dichas piezas argumenta: Él es una persona que se gusta a sí mismo. O sea, es un cubano. Además, Formell es un líder nato. Los líderes no se fabrican. Este hombre se bajaba de una guagua y al minuto había quince personas, a los tres minutos había mil; si te quedabas una hora, había que mandar a buscar a la policía.

La cercanía con el protagonista de las fotos, permitió a Soca descubrir recónditas aristas de su cotidianidad así como registrar momentos irrepetibles: Yo tenía una relación con él que era de padre e hijo. Aunque Juan siempre decía que era de hermano mayor y hermano menor. Es por eso que de esta exposición, unas diez fotos están en su casa, colgadas en las paredes. No te voy a decir cuáles, de caminar la exposición tú vas a saber. Porque es una persona llena de símbolos. Es un hombre que ama a este país, por encima de todas las cosas, por encima de todos los ismos, ¿sabes? Su compromiso es con la tierra que lo vio nacer.


La muestra se llama “Formellmanía”, al igual que un disco recopilado por Formell a finales del año pasado para llevar a los Grammy, cuando fue galardonado con el premio honorífico por la obra de toda la vida. En tres CD’s se reunieron los éxitos de Van Van compuestos por él. Por aquellos días, yo hablaba con el productor y le decía: “compadre, lo próximo que haga sobre Van Van, tiene que ser definitivamente enfocado a Formell y tiene que llamarse La Formellmanía”.

La exposición va a estar abierta hasta el 2 de agosto —cumpleaños de Juan Formell—. Ese día se desmonta…

... y se vende.

 
Dicen que ya está vendida casi por completo. Me prometieron que iban a vender las fotos en un precio relativamente módico, creo que quinientos pesos cubanos. Una foto en ese precio —enmarcada, bien impresa, firmada por su autor—  es barata, es un buen regalo para alguien que quiera tenerlo en su casa; más si sacas una cuenta: solamente el montaje, en cualquier lugar, vale cincuenta CUC.

La curaduría está a cargo del Fondo de Bienes Culturales. Ellos son los que han escogido veinticinco imágenes del camión de fotos de Van Van que tengo. Yo no sé cómo expresar nada en veinticinco fotos, para mí es imposible.

Igualmente, la disquera ha preparado una versión de este disco, “La Formellmanía” —creo que incluye los treinta temas en mp3, con diseño, con carátula y todo—, que se va a estar vendiendo a 1CUC; al mismo precio que lo venden “los disqueros”, esa es la idea. Van Van debería estar en la colección de todos los que venden discos.

Formellmanía,la exposición, inicia con una imagen que —pudiéramos decir— anuncia y sintetiza lo que significa Van Van para ti ¿Qué representa ese dedo índice en alto?

Antes de esa imagen hay un texto de Pedro de la Hoz, una voz autorizada,  que acompaña la exposición y es primordial. Formell es, del mismo modo, una voz autorizada para hablar de la realidad de Cuba, de sus músicos, de su pueblo. La mano de Robertón está expresando algo como: “¡Atención!, lo que estamos diciendo es verdad”. Así arranca toda la colección.

Una gran parte de la obra de Iván Soca está centrada en músicos que cultivan la canción, fundamentalmente trovadores, y ha llegado a decir que le hubiera gustado nacer en el siglo XII pues su aspiración última es pertenecer al fenómeno que es la Trova toda. De lograrlo, ¿no hubiera conocido a Formell?

No sé, o me hubiera encontrado con otro Formell. Él es una persona que, yo creo, estaba desde hace muchos siglos y va a estar por siempre.

Es cierto, tengo mucho que ver con los trovadores. De hecho, aparezco en Van Van gracias a la Trova; por un cartel de Silvio, en el que está de espaldas, cayéndole la lluvia encima. A partir de eso me piden hacer una propuesta de qué podría ser Van Van, a nivel de imagen, con vistas a una gira nacional.  

Allí es donde aparece, en un concierto del 5 de diciembre de 2005, la foto del micrófono con la bandera. Recuerdo que cuando presentamos la propuesta para la gira, Formell vio varias fotos, varias ideas, cinco o seis, se parqueó encima de esa y dijo: “Esta es la imagen. Porque Van Van es Cuba. Es más que la imagen mía, es más que la foto de los cantantes con una tumbadora delante, es más que una pareja de baile”.

Van Van es todo un concepto, es un punto de vista, es una cuestión de principios. Hay una frase que Darsi [Fernández, curadora de Aquí el que baila GANA (Iván Soca, 2006)] dijo en una de mis exposiciones: “Quien no quiere a Van Van, no quiere a su madre”. Es así, es una cuestión de principios.

En los últimos tiempos te ha tocado inaugurar exposiciones centradas en amigos recientemente fallecidos. ¿Cómo logras controlar la tristeza y el sentimiento de pérdida, para asumir la actitud que se espera de un artista a punto de mostrar su obra al público?

Es muy difícil, porque es una mezcla de dolor con oficio, con compromiso. Tienes que hacerlo porque la fotografía está para eso. Si no les hubiésemos tomado fotos, nadie podría recordar todos esos momentos ahora.

Me pasó con Santi [Santiago Feliú]. Jamás lo imaginé: primero me iba a morir yo, primero nos íbamos a morir todos. Y, de repente, me vi en Gibara inaugurando una exposición con los amigos de Santi, con el hijo de Santi, con el documental de Santi. Era muy duro oírlo cantar en la pantalla.  

En el caso de Juan, es alguien que nos acostumbró a que estaría ahí siempre, no importa en qué dimensión. Y queda su obra, sus consejos. Los consejos de Juan… no te puedo explicar: tremendos. También están tantas horas de conversación. A lo mejor nunca podré mostrar en fotos cosas como esas, pero son las razones por las que tomo las fotos.

Los tatuajes son uno de los elementos que más llaman tu atención. De ahí que, anteriormente, hayas agrupado una serie de imágenes donde varios músicos los muestran durante sus presentaciones en vivo. En esta exposición, los tatuajes de Juan Formell y su hijo sirven para recrear el amor que los unía. ¿Por qué te detienes varias veces, a lo largo de la muestra, en las interacciones entre ambos?

Formell estaba muy claro. Hay fotos ahí que tienen más de diez años, y desde entonces él estaba claro de que era el momento en que había que pasarle la dirección de la orquesta a su hijo. Y fíjate, eso es un consejo que me dio Formell una vez: “no hay que perpetuarse en la vida. No hay nada eterno. Hay que estar claro de que uno tiene que pasar por los lugares y seguir”. Ojo, si todo el mundo asumiera eso de verdad y con dignidad, las cosas irían mucho mejor.

La creatividad está en la juventud, definitivamente. Y aunque la sabiduría llega con la vejez, lo que hace falta para que algo sea realmente popular, es la renovación constante. Claro, tampoco se puede tener miedo a introducir una guitarra eléctrica, un órgano, o una mujer a cantar —más en el momento en que lo hizo Van Van, cuando supuestamente estaba desapareciendo.

Precisamente una foto de Samuel y Juan ya puede sentirse ganadora del premio a “la más popular”, teniendo en cuenta los comentarios y expresiones de quienes han apreciado la colección. ¿Qué circunstancias rodearon ese beso?

Eso fue en un cañaveral, durante la filmación del DVD que estaba haciendo Ián Padrón. Dicho sea de paso, lo vi por primera vez hace dos semanas; pero el audiovisual está listo hace cinco años —así son las disqueras.

Esa foto la usé antes, hace ya un montón de años, en una exposición de 2006. Recuerdo que Ián protestó. Me decía: “El problema es que si tú enseñas esa foto en la exposición, la gente va a saber cuál es el final de mi documental”. Tanto es así, que Ián no usa ese momento dentro del documental, sino en los créditos. Hay una parte donde ellos se están despidiendo y dicen: “Bueno, nosotros estamos curados de espanto y hasta nos damos besitos en la boca. Mira”. ¡Pá!, y se dan un beso. En el primer momento, yo tomo la foto pero Ián no lo había filmado; entonces lo repitieron para tener esa escena.
Yo creo que esa relación de padre e hijo es muy especial.

Otro de los aspectos que te interesa son las reacciones de las personas ante Van Van y en eso hacen énfasis las fotografías ubicadas casi al final de El Túnel…

Al final de la exposición están las fotos más recientes. Fueron tomadas en San Luis. Viajamos a Santiago de Cuba con Silvio Rodríguez —uno de mis perseguidos comunes… si yo fuera carcelero, lo sería en su cárcel— y Van Van, en un aniversario de la Plaza Antonio Maceo, creo que el número 40 o 45.  

En aquel momento se hizo un concierto de Van Van en San Luis, en medio de la calle, porque allí hay un club de fans que es admirable. Son una pila de personas que se reúnen todas las semanas a analizar noticias de la orquesta, canciones nuevas, logros; pagan cotización y tienen un mural; llenan las calles de letreros como los que salen en las fotos; en fin, que la ciudad entera es Van Van. Fue espectacular ese concierto.

Según has comentado, Formellmanía podría ser la síntesis de muchas otras exposiciones. ¿Qué la hace exclusiva?

Que Formell es el centro. Aunque siempre lo fue, esta vez lo es de una manera muy especial. No porque se haya ido, no porque no esté; sino porque Formellmanía representa la mirada desde Formell a lo que queda, a lo que en un futuro puede llegar a ser. Él siempre estaba mirando pa‘lante. Ese puede ser hasta el slogan de la exposición. Es una onda como: ¿vamos a ver qué pasa ahora?

Lo que comentaba sobre el líder nato, es importantísimo. Ahora mismo está Samuel, que es un buen músico, es un gran baterista, es un tremendo hijo, amigo, hermano; pero no es un líder nato. Juan era todo eso mismo, pero era Fidel. Sí, literalmente Fidel. O sea, iba al agro a comprar sus verduras, discutía de pelota con la gente, caminaba las calles, le encantaba ir a lavar su carro los sábados y discutir de mecánica con los que estaban ahí.

La palabra lindo le queda bien a él: un tipo lindo. Pero bueno, así es la vida.

Modificado por última vez en Viernes, 04 Julio 2014 09:21

Comentarios  

 
#1 maria 04-07-2014 15:19
"cotidianidad"?
 

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