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Sábado, 11 Octubre 2014 18:29

La «tortura blanca» afecta a más de 80 000 presos en EE.UU.

Escrito por  Europa Press
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Aproximadamente más de 80 000 presos se encuentran bajo régimen de aislamiento en microceldas de 3x2 metros en más de 40 estados de EE UU.

 

Aproximadamente más de 80 000 presos se encuentran bajo régimen de aislamiento en microceldas de 3x2 metros en más de 40 estados de EE UU. El efecto psicológico de estos espacios reducidos —o, como son calificados directamente por las ONG, 'cámaras de tortura'— es absolutamente devastador y su uso se ha extendido más allá del sistema penitenciario civil hasta el ámbito de la seguridad nacional con su aplicación en cárceles como Guantánamo. Es la llamada 'tortura blanca'.

 

Las constantes se repiten: una celda de 3x2 contiene una cama, un pupitre y un fregadero. La mayoría de ellas carece de ventanas. Allí, los prisioneros permanecen confinados entre 22 y 24 horas al día, sin acceso al trabajo en la cárcel o ejercicio para distender los músculos y liberar la mente. El acceso a las llamadas telefónicas y a las visitas está restringido o, en ocasiones, prohibido.

 

Los confinados pueden llegar a pasarse décadas sin tener contacto con otro ser humano al margen de los guardias de la cárcel. Son proclives a experimentar paranoia, ansiedad, depresión y pérdida de peso. Su tendencia al suicidio es mucho más alta que el del resto de la población carcelaria. Y no existen programas de reintegración. Es una práctica, en definitiva, condenada por Naciones Unidas por contravenir los derechos humanos más elementales.

 

Efectos del aislamiento extremo

 

Los efectos del aislamiento extremo son dantescos y se conocen desde hace décadas. La ausencia de estímulos sensoriales provoca un deterioro de las funciones cerebrales lo que degenera, de forma casi inmediata, en la aparición de alucinaciones y pesadillas.

 

En 1951, el profesor de Psicología de la universidad McGill de Montreal (Canadá), Donald Hebb, pidió a algunos estudiantes que se sometieran a un régimen de incomunicación extrema. Con sus ojos y oídos tapados, y su cuerpo envuelto en un material impermeable para limitar sus sensaciones táctiles, los estudiantes entraron en una habitación insonorizada bajo la atención del doctor Hebb, quien había estimado un plazo de seis semanas antes de que estas condiciones se hicieran insoportables. No aguantaron ni siete días.

 

Seis años después, el colaborador de Hebb, el doctor Woodburn Heron, confirmó estos resultados en su libro Patología del Aburrimiento."Un hombre no veía nada más que perros, otro voluntario no dejaba de escuchar una caja de música imaginaria, otro tenía la sensación de que le estaban disparando con perdigones en el brazo y uno de ellos juraba que recibía descargas eléctricas cada vez que tocaba el pomo de una puerta", según las conclusiones.

 

Según un informe de Amnistía Internacional titulado Al filo de la resistencia, varios presos entrevistados que habían pasado confinados entre 11 y 22 años han experimentado indicios de psicosis, ansiedad, rabia y, finalmente, desconexión emocional.

 

Así, uno de los prisioneros declaró que pasaba "la mayor parte del tiempo en un estado de estupor". "Me siento como si fuera un muerto viviente", añadió otro de los consultados. Un tercero reconoció estar "gritando en silencio durante 24 horas" al día. Todos ellos han padecido insomnio, alucinaciones, cambios de humor, pesadillas y ataques de pánico.

 

"Super máxima seguridad"

 

El caso más extremo de los aislamientos penitenciarios es el que padecen 25.000 presos en las llamadas cárceles de "super máxima seguridad" o "Supermax". Existen en torno a medio centenar de estas prisiones en 44 estados de EE UU y numerosas ONG han detectado en los últimos años una tendencia a la proliferación de estas unidades, por diversos motivos.

 

El primero de todos, estima la ONG Human Rights Watch, se debe a la falta de fondos para contratar a personal especializado y establecer programas de reinserción. Después, obedece a estrictos (y equivocados, a juicio de HRW) motivos de seguridad. "Los responsables penitenciarios parecen creer que si confinan a todos los presos más peligrosos o problemático, mejorará la seguridad en el resto de prisiones. Los expertos, sin embargo, consideran que esa proliferación es poco inteligente", según HRW.

 

Sin embargo, no se puede descartar el componente político por el que los representantes públicos potencian iniciativas a favor del encarcelamiento para dar una imagen de intolerancia contra el crimen, sin importar si realmente tienen una aplicación práctica. A ello se suma una ausencia casi total del debate entre la opinión pública sobre la existencia de estas penitenciarías.

 

Se trata, en definitiva, de un conjunto de factores que han contribuido a hacer de esta "segregación prolongada", como califica a HRW las condiciones de los presos de las Supermax, una existencia "absolutamente inconsistente con las nociones de dignidad, humanidad y decencia".

 

Esto, por lo que se refiere al sistema penitenciario. La CIA ha terminado por asumir esas prácticas, y destilarlas en Guantánamo. La privación sensorial es "la tortura preferida de la CIA", como la describió el periodista Mark Benjamin en Salon en 2007, por el simple motivo de que la falta de estímulos impulsa al interrogado a comunicarse.

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