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Martes, 17 Enero 2012 15:50

Joaquín Albarrán murió hace un siglo

Escrito por  Maykel González Vivero
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Fue uno de los más grandes médicos cubanos. Sus aportes a la urología lo ubicaron entre los científicos más relevantes del mundo. Recordamos al sagüero Joaquín Albarrán.

Desde los primeros días de enero de 1912, los sagüeros no cesaban de cursar telegramas a París. Escribían las autoridades de la ciudad, las corporaciones y hasta los simples particulares. Todos indagaban por la salud de Joaquín Albarrán, que había enfermado de tuberculosis, enfermedad implacable que rindió a tantos famosos. Albarrán agonizaba junto al mar, lo más cerca de Cuba que pudo colocarse: tenía 51 años y era una autoridad universal en la disciplina médica que había cultivado desde su juventud.

Joaquín Albarrán y Domínguez nació en Sagua la Grande, el 9 de mayo de 1860. Una profecía le indicó el camino. Se dice que una esclava de la familia reveló que se haría célebre y moriría en su momento de mayor plenitud. De Sagua fue a España, a estudiar en Barcelona. Y de ahí a París, donde se consagraría como un científico de primer orden. La lista de premios que le otorgó Francia incluye, en algunos casos, reconocimientos que jamás habían sido otorgados a un extranjero. También le impusieron la Legión de Honor, que no necesitaba para corroborar su condición honorable. Al momento de su muerte Albarrán estaba nominado al Nobel de Medicina, y es inevitable pensar que de no haber muerto quizás sería el único cubano galardonado con esa distinción.


De Albarrán no deben decirse solamente sus éxitos científicos en el campo de la urología, sino su coraje médico, la devoción que lo hizo arriesgar la salud en circunstancias heroicas. Algunas de estas anécdotas pasaron a la literatura, como aquella que cuenta cómo el médico sagüero, ante una urgencia, absorbió con su boca las membranas infecciosas que ahogaban a una pequeña en un hospital de pobres. Una monja que asistió al doctor le contó al escritor Leon Daudet que Albarrán, aquejado luego de la misma enfermedad, se realizó a sí mismo, frente a un espejo, la traqueotomía, un procedimiento de gran precisión. Parece una leyenda, pero es cierto.

Joaquín Albarrán fue un cubano entusiasta, partidario de la independencia a pesar de residir en Francia, aparentemente lejos de las preocupaciones que agitaban a la Isla. Cuando alguien fue a denigrar a sus compatriotas en París, dicen que replicó: “Atrás, nada contra Cuba”. Cuando vino a Cuba en 1890, ya naturalizado francés, confirmó su cubanidad en unas declaraciones que dio a la prensa: “Si los azares de la vida me han hecho adoptar por patria a la gran nación francesa, nunca olvido que soy cubano y siempre tenderán mis esfuerzos a hacerme digno de la tierra en que nací.”

De su apego por Sagua la Grande dieron fe sus allegados, que revelaron una vez que el joven Albarrán no pensaba ir a París, que aquella decisión surgió luego; su primer deseo era volver a Sagua, a sanar a sus coterráneos. Cada vez que la Villa del Undoso fue asolada por las inundaciones, uno de los primeros donativos venía de París, a nombre del doctor Albarrán. No asombra entonces que los sagüeros le hayan levantado, en vida, una estatua; un honor infrecuente, que pocos han merecido con limpieza de razones.

Un siglo se cumple hoy de la muerte de Joaquín Albarrán, en su villa de Aquitania, junto al mar, a donde acudió con la esperanza de respirar mejor y de estar más cerca de Cuba. Hasta allí fue a verlo un doctor sagüero, amigo suyo de la infancia. Háblame de mi Cuba y de mi Sagua, le pidió el padre de la urología moderna. Y después de recibir las añoradas noticias, envió un mensaje que hoy debe llegarnos como si no hubiera transcurrido una centuria: “dile a los sagüeros que mi último pensamiento es para ellos”. Porque Albarrán lo cumplió y encomendó a su viuda que obsequiara a esta ciudad con sus más apreciados atributos profesorales, la Villa del Undoso debe sentirse su deudora para siempre.

Publicado en Radio Sagua

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