lunes, 16 septiembre 2019, 12:12
Viernes, 01 Junio 2012 12:20

Las almas no tienen precio

Escrito por  Rafael Gordo Nuñez, estudiante de Periodismo

Matáo pudo pasar a la historia como un negro cualquiera, descendiente de los esclavos libertos que en el siglo XIX se asentaron en las cercanías de la Iglesia del Carmen, en la antigua villa de Puerto Príncipe.


A ese sitio llegaron -de poco en poco- colonos, criollos y negros para sitiar la plaza y todo el laberinto de calles que entorno al templo fueron naciendo; para acentuar el contraste entre lo claro y lo oscuro, entre el ruido de las campanadas y el tambor africano.


Por allí estuvo también el convento de las ursulinas, donde creció Matáo hasta la época en la que encontró trabajo. Después —ya en la Revolución— tuvo casa propia, pero la Plaza fue siempre su lugar favorito.


En ese ambiente vivió Matáo y vive hoy Subirá. El primero sin cuento más largo que el de realizar, en una pequeña carretilla de madera, cualquier tarea que le aportase un mínimo de dinero. El segundo, un viejito que como muchos otros en Cuba, sale al parque a leer la prensa y a sentir las brisas de aire fresco. Ambos, gente común. Y es que de eso se trata, de que la gente común también quede recogida en la historia, en las leyendas de sus coterráneos y en el recuerdo de cuantos forasteros visiten la ciudad.


Con las chismosas. Foto: Adrián Loucraft Llanes, estudiante de Periodismo

Y cierto es que Matáo y Subirá ya son historia, no por ser el objeto de estudio de algún avezado, sino por la feliz iniciativa de la escultura Martha Jiménez Pérez, quien en el año 2002 forjó en marmolina al carretillero y al lector, legándonos así lo que ella misma ha denominado su “más grande pasión y fuente de vida”, su mundo de atributos y símbolos, su arte. 


A esas esculturas se suman la de Los novios y Las tres chismosas, conformando cuatro singulares escenas costumbristas, que bien pueden simbolizar esa autóctona mezcla de gente camagüeyana, orgullosa y sincera, refinada en el teatro y “barriotera” en la rumba.


La Plaza del Carmen ha sido otra desde entonces. Allí Martha tiene, en una casona colonial, su estudio taller, el lugar del que también emergen sus grabados, sus pinturas y sus dibujos al carboncillo. Obras que han llamado la atención de expertos de cualquier rincón del planeta, de visitantes asombrados y de personas naturales y corrientes que la admiran desde la ardiente frescura y claridad de lo cotidiano. En ese sitio ha creado el universo magistral de sus figuras, han tomado forma las tradiciones y el quehacer de los cubanos, y ha cobrado fuerza el espíritu de los pobladores de su ciudad.  


Ella no cesa en su búsqueda constante por la perfección, porque cada nueva creación rebase a la anterior. “Yo no me siento realizada. Yo veo lo que hago pero no me conformo, quiero hallar más. Busco algo a lo que quiero llegar, y cuando siento que lo estoy alcanzando, se me vuelve a ir de las manos. No le veo nada trascendental a mi obra, te lo juro, pero a la gente le gusta, y eso es muy reconfortante, es lo que me hace feliz, lo que me inspira a seguir”.  


En plena faena. Foto: Rafael Gordo Nuñez

La labor de la también Premio UNESCO al Mejor Conjunto de Obras trasciende las fronteras de la comunidad que recibió con urgencia y necesaria empatía su arte. Más de 300 exposiciones, entre personales y colectivas, en más de quince países, y reconocimientos como el de la Bienal de Arte Contemporáneo de Shangai, China, o el Premio Único en la quinta Bienal Internacional de Terracota en Turquía, entre otros muchos, avalan el recorrido de quien además ostenta la Distinción por la Cultura Nacional.


Después de su último viaje que hace unos meses la llevó a la universidades de Emerson y Harvard, en los Estados Unidos —donde expuso 12 piezas de cerámica y 15 bidimensionales— Martha se encuentra enfrascada en cumplir uno de sus sueños: llevar al bronce sus figuras de la Plaza del Carmen.


“Ven, vamos allá afuera para mostrarte lo que quiero hacer” —dice.


Abandonamos el estudio y despacio caminamos hasta la puerta de salida. Antes observo sus cuadros, su barro, su esmalte en lo platos. Todo ubicado en el lugar exacto, encima de los ladrillos que conforman el piso de la otrora vivienda convertida en galería, en pequeños stands, en las paredes sujetados por tablillas de madera, alumbrados por una mixtura de luces tornasol que te atrapan en una especie de descanso espiritual.   


Vistiendo la escultura. Foto: Rafael Gordo Nuñez

Afuera hay un inmenso revolico y personas que se preguntan por qué están vistiendo las estatuas con un material blanco. Entonces la artista explica que eso es yeso, que luego se saca en pedazos y se arma al vacío, que ese yeso viajará a Santiago de Cuba, que allá lo rellenarán con bronce y que después ella tendrá que ir a laminarlo para traerlo de vuelta a casa, para cambiar la marmolina por el bronce, para que dentro de muchos años todavía existan las estatuas y sigan siendo noticia Las tres chismosas, Los novios, Matáo y Subirá.


“Yo pienso que en junio estén terminadas al menos las chismosas y podamos remplazarlas. Después vendrán, paulatinamente los otros. Es un arduo trabajo, que implica el esfuerzo mancomunado de la Oficina del Historiador de Camagüey y de la fundación Caguayo, pues ellos son los que se están encargando de la fundición en bronce”, asegura la autora de las polémicas series Jineta (presente en el Museo Contemporáneo de la Cerámica en La Habana) y La cuarta parte del cuerpo humano (ubicada en una céntrica avenida de Turquía).  


Pero Martha no presume de títulos, ni de nombramientos. Ella es la misma siempre, la cubana que encuentra en Camagüey, la fuente de inspiración de todas sus creaciones. “Yo he visitado muchos países, he estado en disímiles galerías, pero todo se me queda chico cuando lo comparo con este rinconcito. Esto es todo lo que quiero, mi espacio, el lugar en el que me siento bien, en el que me fluyen las ideas. Ese carácter contradictorio de los cubanos y ese discurso poético que llevamos impregnado no tienen comparación. Aquí me inspira todo, pero en especial los jóvenes. Yo creo mucho en su fuerza transformadora y en el ímpetu que llevan consigo”.


Integrante de la vanguardia contemporánea en las artes visuales, pretende ahora consagrar más tiempo a las obras bidimensionales. “Aunque a mí me gusta mucho el barro y me hace feliz tenerlo entre mis manos, quiero dedicar más tiempo al grabado y la pintura. Pero eso ni yo misma lo controlo. A veces estoy pintando y siento deseos de esculpir algo. Me voy y lo hago, después retomo el cuadro donde lo dejé, pero con la misma ya estoy pensando en un grabado, y cuando vengo a ver estoy en las tres cosas a la vez”.


Todo lo que en ese lugar se mueve lleva impregnado el aliento de la artista. Y digo “lo que se mueve” con toda intención, porque su obra es puro movimiento, pura belleza entre lo real y lo imaginario, entre lo mágico y lo sensual.


En la Plaza, Martha parece reina. Basta con pararse de espaldas a la iglesia y observarle caminar por la calle que allí empieza o allí termina. De un lado las viviendas de los que eran más pobres, todas con sus tejitas de barro, que se unen de casa en casa para ir conformando casi un solo techo, casi un solo alero, que unas veces se alza y otras declina para morir apenas unos centímetros después de la fachada.


A la otra mano, el hogar de algunos con más posibilidades, casas más vistosas, con puertas más amplias y ventanas que suben casi desde el suelo, casi hasta el techo. Aquí hay patio interior, y aleros bastante anchos, y tinajas grandes para almacenar el agua, y vigas sin tallar ni emparejar, fijadas en el techo una vez llegadas del monte, lo que demuestra que no eran tan pobres, pero tampoco ricos.


La obra, la autora y el modelo. Foto: Adrián Loucraft Llanes

Por el medio, entre las dos hileras de casa, deambula Martha; observa la algarabía de la gente, el revolotear de las palomas, se sienta con sus chismosas, abraza a Matáo y avergonzada acepta que el fotógrafo la retrate junto a los dos Subirá. Antes sonríe, me aprieta las manos y responde la interrogante inconclusa: “Yo no sé ponerles precio, no sé venderlas. No quisiera venderlas nunca. Mis obras son mi alma”. Y las almas, claro está, no tienen precio.

Modificado por última vez en Lunes, 04 Junio 2012 07:42

Comentarios  

 
#1 Iosvany 10-06-2012 13:17
Perfecto trabajo el de este estudiante de periodismo. Gracias por esto.
 

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