viernes, 25 mayo 2018, 16:24
Viernes, 02 Febrero 2018 07:05

ARCHIVOS PARLANCHINES: El chino pintor de Mazorra

Escrito por  Orlando Carrió/Especial para CubaSí
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La historia del chino Juan Wong es casi inaudita, digna de figurar entre las exponentes del realismo mágico: en los años cuarenta de la centuria anterior decora con raras pinturas todas las palmas de la finca de Mazorra.

La historia del chino Juan Wong es casi inaudita, digna de figurar entre las exponentes del realismo mágico: en los años cuarenta de la centuria anterior decora con raras pinturas todas las palmas de la antigua finca de Mazorra, convertida ya en ese entonces en la Casa de Dementes de Cuba, y nos regala un ejemplo de constancia y tenacidad que, aún hoy, no deja de seducir a muchos, incluyendo a los bromistas que siempre han dicho que el referido oriental estaba toca’o.

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El chino Wong era un «feliciano»


Wong entra en Mazorra en mayo de 1929 a solicitud del juez de primera instancia de Mayarí, entonces provincia de Oriente. Al llegar, es un campesino soltero de unos cuarenta años. No se sabe casi nada de su niñez y juventud; no obstante, todo parece indicar que trabajó como marino mercante, pues habla cinco o seis idiomas con cierta soltura. En febrero de 1933 es capturado tras fugarse del lugar por unos pocos días, y a partir de entonces, ningún otro acontecimiento será capaz de desdibujar la mística de su personalidad asiática: es circunspecto, respetuoso, recto y poco conversador, además de paciente y voluntarioso. Ningún incidente violento afea su expediente 13 950. A la vista del ciudadano común es un «amarillo» más.

Bajo la tutela de Daissy Curbelo, la esposa del doctor Luis Suárez Fernández, director del sanatorio, el chino comienza a trabajar como ayudante del cocinero en la residencia de estos últimos y sin titubear se apodera del sótano, donde en medio de las sombras y los ratones muertos levanta poco a poco un singular reino, donde se impone su vocación de pintor prolífero, novedoso en el método y rico en matices. En las paredes y paneles de tablas de cajones y cartones traza varios dragones entrelazados, diabólicos, lanzando llamaradas de fuego por la boca, en actitud de pelea, junto a varias indescifrables alegorías. ¡Todo un festín para los animales del zodiaco chino! También construye pasadizos y túneles, nichos, cofres, archivos, gavetas, escondijos y puertas secretas que aprovechan todos los rincones y le dan al sitio una atmósfera sórdida, llena de disimulo, misterio y recogimiento.

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Sus dragones inspiraban terror…


Con su clásica gorra de marino que jamás se quita, Wong no demora mucho en abandonar su guarida: ata un pincel en la punta de una larga caña de bambú y con líquidos mezclados por su propia mano dibuja rostros humanos algo distorsionados en los troncos de todas las palmas de Mazorra —más de un centenar— donde agrega, a ratos, algunas escrituras chinas. Solo emplea el negro y el blanco; odia los colores naturalistas huyendo, tal vez, de un mundo al que cree no pertenecer. En el reportaje «Wong, el más pintoresco personaje que ha visitado Mazorra», escrito por Gabino Delgado para la revista Carteles del 9 de enero de 1949, el doctor Suárez Fernández atestigua:

«Cierta vez mi mujer le regaló varias latas de pintura de distintos colores, brochas y pinceles (…). Él le dio las gracias y se fue. Nos pusimos a observarlo y nos quedamos asombrados al ver cómo en una misma lata vaciaba todas las pinturas y las mezclaba para hacer una sola. Con esa mezcla salió a retocar o a cubrir las imágenes que antes había hecho».

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Pintó rostros distorsionados en más de cien palmas


El chino es asimismo un músico muy especial: arma un rústico violín con una lata que le regalan en la cocina, un pedazo de madera torneada, dos cuerdas de alambre unidas a unas burdas clavijas y un arco hecho con un mango de escoba y un pedazo de alambre. Este le sirve para tocar melodías orientales y occidentales llenas de gracia, al igual que una flauta de caña brava y un raro instrumento compuesto por dos viejos sartenes y dos jarros clavados sobre una madera.

El artista, originario de la provincia china de Cantón, según parece, se mueve con libertad por todas las dependencias de Mazorra. Incluso a diario hace los mandados que se le piden en la bodega, la carnicería, la lechería y varios establecimientos más.

«Sin embargo, a veces no traía todo lo que se le encargaba —cuenta riéndose el doctor Suárez Fernández en el mencionado reportaje—. Una Nochebuena le pedimos que fuera a la panadería en busca del lechón. Cuando regresó, el lechón llegó a medias. «¿Qué pasó, Wong? —le pregunté—, ¿por qué el lechón no está entero?». «¡Oh…! yo encontré gente que no tenía lechón —respondió con humildad—. Yo le di lechón». En ciertas oportunidades se le ordenaban cigarros, refrescos… y también llegaban a medias. Wong, con generosidad, los obsequiaba a cuantos hallaba en el camino».

Un día Daissy Curbelo le anuncia que ella y su esposo se retirarían del centro de salud por un tiempo breve. Y el fiel asiático no puede entender el suceso ni mucho menos aceptarlo. «Si usted va, Wong muere», vaticina entonces con tristeza. No vuelve a ingerir alimentos, ni siquiera agua; amontona todos sus recuerdos al lado del camastro; y cinco días más tarde, el 17 de abril de 1948, muere sin agonía, como una estatua. Es imposible sacarlo de su abatimiento, a pesar de que muchos le pintan una luna de cariño con sus dedos y le bailan una rumba.

Es enterrado en el Cementerio Chino de La Habana de manera casi clandestina. Los enfermos de Mazorra son remitidos habitualmente al camposanto de Santiago de las Vegas; no obstante, la señora del doctor Suárez Fernández pone en aprietos a varios burócratas para que el chino pudiera descansar junto a sus coterráneos. En su tumba, según pude ver, es clavada la rústica cruz que había labrado poco antes de fallecer con inscripciones en chino y castellano.

¿Se han olvidado de este fecundo pintor en Mazorra? ¡No!, insisten sus gerentes. En el hoy Hospital Siquiátrico de La Habana Comandante Doctor Eduardo Bernabé Ordaz Ducunge hay un salón de recuerdos, donde aparece la figura de Wong decorando un tronco juncal, vestido con una larga bata, pincel en mano, una mirada llena de agudeza y esa aureola enigmática y digna que solo se aprecia en los nuevos mandarines restauranteros del actual Barrio Chino de la capital.

Visto 1261 veces Modificado por última vez en Jueves, 03 Mayo 2018 10:49

Bueno, por lo general, los cubanos cuando tenemos un desentendido, no somos muy educados que digamos. Enseguida vienen las palabrotas, alardeamos, manoteamos y amenazamos con comernos el mundo en un solo bocado.

Emilio Benavides, el Diablo Rojo, es para sus coterráneos santiagueros un mito con un mar de amigos y para los viejos habaneros, un recuerdo fugaz y pintoresco.

Comentarios  

 
#7 la china 13-03-2018 15:29
muy linda la historia y triste a la vez ademas son personajes que estan en el anonimato y que la mayoria del pueblo de cuba no conocen.
 
 
#6 Andrea 05-02-2018 11:14
Bella historia y que triste!!
 
 
#5 David 02-02-2018 21:54
Le debemos mucho a la cultura china, linda crónica, muy ejemplarizante. Bien por CUBASI.
 
 
#4 joelluis 02-02-2018 12:43
Interesante historias, muchos de eso chinos vinieron y jamás pudieron volver a ver ni a sus sere queridos ni a su tierra, lo menos que puedieron hacer por él fue eso, enterrarlo en el cementerio de los Chinos, interesantes historias...
 
 
#3 Isa 02-02-2018 12:33
Buen artículo y a la vez muy triste.
 
 
#2 mimismo 02-02-2018 12:13
Bonita y triste historia.
 
 
#1 Guere 02-02-2018 12:01
Que bien alguien recuerda al noble chino, que quien sabe que problemas le trajeron su demencia, lástima que no haya más información de sus orígentes.
 

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