sábado, 15 diciembre 2018, 00:18
Jueves, 05 Abril 2018 03:17

EN LIBRERÍAS: Las conversaciones de Nelson Simón

Escrito por  Rubén Ricardo Infante/ para CubaSí
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El humano ejercicio de las conversaciones (Ediciones Unión, 2016) tienta a leerlo íntegro y recorrer rápido ese sendero que nos conduce hacia la libertad.

Tengo la certeza de que Nelson Simón es un poeta. No solo porque haya leído varios de sus libros (entre ellos: A la sombra de los muchachos en flor. Revelación del gusto por la belleza, por cuerpos torneados que nos recuerdan al mejor Kavafis). Sino porque me descubre la utilidad de la poesía. Cuánto salva, cuánto engrandece… cuando está escrita por una mano firme, por un poeta de aliento que nos remite a su experiencia. Que nos evoca la cercanía a un estado de alucinación, de descubrimiento.


Un libro suyo, El humano ejercicio de las conversaciones (Ediciones Unión, 2016), me tienta a leerlo íntegro, y recorrer rápido ese sendero que nos conduce hacia la libertad. Es como devorar la presa, después de que el cazador ha empleado cualquier técnica (im)posible para hacerla suya, para poseerla.

 
Desde el pórtico, nos alerta que: Los días no se cuentan entonces por minutos o lunas transcurridas sino por los sucesos que dejaron su marca en ese recorrido interior donde compruebas que siempre has estado solo y que así ha de ser para poder salvarte. Terrible confesión que nos recuerda la soledad que padecemos desde el inicio y hasta el final de nuestros días. Que la familia, los amigos, los amantes… hacen más pasajero el viaje. Pero montamos en el último vagón del tren con la certeza de que en la estación no nos espera nadie. Este es un viaje hacia la soledad.

 
El amor visto como esa opresión sobre los huesos, como la lágrima seca después de la despedida… se siente sobre la piel del poeta. Para escribir algo así hace falta más que el oficio, el sentimiento, la fuerza de algo dentro que nos conduzca hacia zonas donde somos totalmente vulnerables.

 
Pero cuánta vida desborda cada texto, cuando se llena de libros y flores, cada uno en su lugar para alegrar la casa. La casa vuelve a ser un sitio familiar/y no ese túnel por donde avanzaba sintiendo el peso de mi/cuerpo, /de los objetos queridos, de sus voces angustiosas, /de los insoportables discursos afectivos/que intentan blanquear la memoria/con instantes que sé irrepetibles. Al cabo del tiempo, descubrimos que el impaciente Tiempo, ya pasó. Que no quedan más que unos pocos recuerdos que la memoria desdibuja y uno se empeña en conservar en un lugar seguro. Todo intento es inútil.

 
Porque la casa del Poeta es grande: …nos acostumbramos a sobrevivir en su interior, /en el espacio que abrazaban, en el círculo de cal/ que nombrábamos Isla. Y en ella se refugia, para despedir a los amigos y para recibirlos después de la soledad del exilio. De vuelta a casa. Aunque: La casa nunca fue nuestra casa. El amor no era el amor/ y el país no era el país sino el circulo/ —trazado a mano alzada—/ donde creímos levantar una casa, un amor, un país. Porque como decía Borges, el tiempo todo lo corroe. En este viaje, el ser humano tiene que aprender que: Entre la muerte y el placer no hay límites.


La soledad, la belleza, el amor, la muerte, la casa y la isla son las obsesiones del poeta. Los temas de los cuales intenta escapar, pero estos lo persiguen.


Releo algunos pasajes. Me detengo en poemas que marcan también la vida del lector, que le recuerdan sus viajes, sus amigos, que lo encauzan hacia la misma soledad que padece el autor. Pero también me recuerda la felicidad.

Visto 446 veces Modificado por última vez en Viernes, 06 Abril 2018 04:05

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