domingo, 19 agosto 2018, 23:44
Sábado, 07 Abril 2018 07:43

Toda Francia patas arriba

Escrito por  Arnaldo Musa/Especial para CubaSí
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En realidad, Macron ha perseguido no solo a todo lo que se opone, sino a lo que no le simpatiza, contradiciendo su hipócrita fórmula de «firmeza y humanidad» para fortalecer el arsenal legislativo antiinmigratorio.

No solo París, sino la mayor parte de Francia está «patas arriba» por estos días por las enormes huelgas de diversos sectores obreros del país, entre los que descuella el ferroviario, a lo que se suman los jubilados, que protestan por el alza de impuestos y la negativa de aumento a un salario que les permita vivir en una de las más privilegiadas economías del mundo, la segunda de la Unión Europea, detrás de Alemania, esta siempre calificada de locomotora del llamado Viejo Continente.

El paro de los ferroviarios es escalonado y durará hasta junio, un total de 36 días en los que enfrentan a un primer ministro que, desde que llegó, se quitó la careta populista y hasta de izquierda, que para eso hay cara, y ha emprendido una acelerada marcha hacia el más puro neoliberalismo, porque aspira a que no quede nada de propiedad estatal, favoreciendo intereses de los más poderosos, entre ellos los propios.

De Macron se dice que le llevó la delantera a Donald Trump en eso de apoyar la no fundamentada acusación de Theresa May —sin prueba alguna— a Vladimir Putin de haber autorizado personalmente el envenenamiento de un exespía ruso que residía en Londres, cuando el propio Moscú ya había dejado libre a una persona que no tenía interés alguno para el sector, como admitieron entes que no simpatizan con Rusia y su líder, e indicaron la endeblez de la acusación de May, avalada por todo el espectro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte.

En realidad, Macron ha perseguido no solo a todo lo que se opone, sino a lo que no le simpatiza, contradiciendo su hipócrita fórmula de «firmeza y humanidad» para fortalecer el arsenal legislativo antiinmigratorio.

El dirigente, de 40 años, quien pretende ser una combinación «de lo mejor de la derecha y de la izquierda», pone en práctica una política migratoria que expulsa a los inmigrantes a quienes se les ha denegado asilo, que son la mayoría.

Como se recordará, la elección de Emmanuel Macron fue un castigo al primer ministro Francois Hollande por su pésima política, muy alejada de un pretendido credo socialista y que transaba con la derecha cada vez que esta lo quería.

El temor a Marine Le Pen y al grupo fascista que la rodea, generalmente en alza, hizo que la abandonada izquierda llegara a confiar en Macron, y así, hasta el popular barrio de París Saint Germain (PSG), que siempre ha votado esta tendencia, lo respaldara ampliamente.

Lo cierto es que, desde entonces, Macron no dejó a un lado una política económica que margina aún más a los desfavorecidos, y golpea brutalmente a los trabajadores, al obligarlos a transar con los patronos, quienes tienen la llave del despido en sus manos, sin protección oficial.

Hoy, al desbarrar contra los obreros, y tratar de doblegar al fuerte sindicato ferroviario, trata de expulsar a los inmigrantes a los que se les haya denegado el asilo.

O sea, Macron parece haber olvidado el significado de la palabra «izquierda». Mientras sus medidas económicas marginan la redistribución, su política migratoria apuesta por la mano dura con los refugiados.

Firmeza y humanidad. Es la fórmula que el presidente francés, Emmanuel Macron, ha escogido para sintetizar su posición respecto a la acogida de refugiados.

La nueva ley migratoria contradice las promesas humanitarias de Macron y se inspira en las ideas xenófobas del Frente Nacional, como la necesidad de seleccionar los inmigrantes y «airear Francia de una llegada excesiva de extranjeros», analiza el politólogo François Gemenne, experto en cuestiones migratorias. Según este profesor de Sciences Po París, las políticas migratorias del dirigente representan una claudicación ante una opinión pública derechizada: «Macron cree que cuanto más duro sea con los inmigrantes, mayor será su popularidad». Según los últimos estudios de opinión, la imagen pública del joven presidente no pasa por su mejor momento: solo un 35% de los franceses se declaran satisfechos de su presidencia, unos niveles de popularidad inferiores a los de François Hollande.

Aunque haya repetido que la acogida de refugiados «es un honor para Francia» y «un deber moral y político», la severidad de Macron con los inmigrantes no resulta ninguna sorpresa. Según explicó en el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, su política migratoria consiste en «ser intratable con todos aquellos que no merezcan que se les conceda el asilo».

Por este motivo, «acelera de forma drástica los procedimientos para que, en seis meses, sepamos si una petición es aceptada o no». Y, de esta forma, «poder reenviar a sus países a aquellos que no hayan obtenido el asilo». En definitiva, reducir de manera significativa el número de refugiados que se instalan en Francia, a cambio de ofrecer una acogida digna a una minoría.

No hay que ser muy ducho para entender que se está ante una política migratoria sin precedentes en Francia por la brutalidad policial y las malas condiciones de asilo, que comprenden una circular que autoriza la presencia de la policía en los centros de acogida para que controlen la documentación de los residentes, una polémica medida validada por el Consejo de Estado, en tanto la Asamblea Nacional aprobó una propuesta de ley que facilita el encarcelamiento de los «dublineses», es decir, aquellos refugiados que han dejado sus huellas digitales en otro país de la UE, donde están obligados a pedir el asilo.

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