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Jueves, 06 Septiembre 2018 05:13

Tanta traición en septiembre

Escrito por  Arnaldo Musa/CubaSí
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Imagen de Salvador Allende Imagen de Salvador Allende

Como hace cinco años en su primer mandato, Sebastián Piñera reunirá este 11 de septiembre en el Palacio de La Moneda, en Santiago de Chile, al grupo de acólitos que lo acompañan en su segundo periplo presidencial, para recordar el aniversario 45 del golpe de Estado urdido por el imperialismo y ejecutado por los fascistas  locales para deponer al  legítimo representante del pueblo chileno, Salvador Allende, quien prefirió la muerte antes que rendirse.

De todas formas, lo hubieran asesinado, porque ese era el objetivo, como el de eliminar a miles de sus simpatizantes, quienes fueron muertos de disímiles maneras, muchos de ellos torturados en verdaderos campos de concentración o lanzados vivos desde aviones y helicópteros al mar.
Por supuesto, Piñera ha dicho que no está de acuerdo con “ciertas violaciones a los derechos humanos”, pero él y quienes les siguen se refocilan por el sangriento descabezamiento de aquel intento democrático de socialismo, que lo ha llevado ahora de nuevo a detentar el poder y seguir ejecutando su programa neoliberal.

También en septiembre, en igual de fecha, pero 28 años después, tuvieron lugar los controvertidos y nunca bien aclarados atentados a las Torres Gemelas neoyorquinas y al Pentágono, en Washington, que costaron la vida a más de 3 000 personas, aunque, sospechosamente, ninguna israelí, cuando sin mediar fecha festiva se les dio el día de asueto a más de 200 funcionarios de esa nacionalidad que laboraban en el enclave de Nueva York.

Tal hecho sirvió de pretexto para realzar oficialmente el papel de estado terrorista del principal representante del imperialismo, que lo llevó a agredir, invadir y destruir a naciones más pequeñas, con gobiernos a los que acusaba falsamente de terroristas y hasta de haber participado en los atentados en Estados Unidos.

También en septiembre se dieron los toques finales a la agresión del imperialismo norteamericano en gran escala a Libia, con la utilización de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, la venalidad de regímenes corruptos y la manipulación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, tal como hizo en una u otra medida contra Iraq y Afganistán.

Como recordaba el colega Habana Radio, todo envuelto en un manto de traición a los pueblos, que décadas atrás hizo estallar la Segunda Guerra Mundial, el primero de septiembre de 1939, producto de la política preconizada en Múnich. 
                                                                                 
CUANDO LA TRAICIÓN SE CONVIERTE EN PRÁCTICA

Si deleznable es lo expuesto en los párrafos iniciales, pienso que lo de Múnich fue la base o una muestra de lo que puede suceder cuando la traición se convierte en una práctica.  Y aunque se ha dicho muchas veces que la historia se repite, esto no es exactamente así, porque no se puede olvidar la correlación de fuerzas en el mundo en los momentos en que los hechos se producen. Porque además de tener en cuenta la actual crisis económica mundial y el afán energético imperial, no hay que pensar que la desintegración de la Unión Soviética y el campo socialista europeo aminore la política de hostilidad hacia Rusia y China.

Antes de Múnich ocurrió la irrupción de las tropas alemanas en Austria, el 11de marzo de1938. Dos días después, esta  fue incorporada a la fuerza a Alemania como provincia oriental suya, sin que algún país capitalista protestara, aunque sea formalmente por ese acto de agresión.

Gran Bretaña y Francia reconocieron en el acto la anexión de Austria. El secretario norteamericano de Estado, Cordell Hull, conversó amigablemente con el embajador alemán en Washington, Dieckhof, quien comunicó a Berlín: “Por unas cuantas preguntas que me hizo Hull vi con claridad que comprendía profundamente nuestra acción”.

Los monopolios de Estados Unidos reaccionaron a su manera ante la anexión de Austria: cedieron a Alemania una nueva serie de importantes patentes para la producción bélica, en tanto los gobiernos británico y francés ayudaban a Berlín a afianzarse en toda la Europa Central.
Solo la Unión Soviética protestó: “… Esta vez la violencia se ha producido en el centro de Europa, provocando un indudable peligro tanto para los once países que limitan desde ahora con el agresor, como para todos los estados europeos y no solo europeos. Ello amenaza, por ahora, la inviolabilidad económica y cultural de las pequeñas naciones, cuya inevitable esclavización sentará, sin embargo, las bases para la presión e incluso la agresión también a los grandes estados”.

Los días 29 y 30 de septiembre de 1938 se celebró la Conferencia de Múnich, donde se firmó el acuerdo que contemplaba formalmente la transferencia a Alemania de la parte de Checoslovaquia habitada por la minoría nacional alemana. Pero, por supuesto, los nazis se apoderaron completamente del país, ante el entusiasmo de los imperialistas norteamericanos.

Knudsen, director de la General Motors, envió a Hitler un telegrama de felicitación. El secretario de Estado Hull declaró que los resultados habían suscitado “un sentimiento general de alivio”. Welles, subsecretario de Estado, definió la posición adoptada por entonces de los círculos gobernantes de Washington: “En aquellos años de anteguerra, grandes grupos financieros y comerciales de las democracias occidentales, incluidos muchos de Estados Unidos, estaban firmemente convencidos de que la guerra entre la URSS y Alemania hitleriana solo podía ser favorable para sus propios intereses. Consideraban que Rusia sería inevitablemente derrotada y que, con motivo de esa derrota, el comunismo sería destruido. De la misma manera, Alemania quedaría tan debilitada como resultado del conflicto que durante largos años sería incapaz de constituir una amenaza real para el resto del mundo”.

La traición de Múnich fue presentada a las masas de los países occidentales como un acto supremo de amor a la paz. (Todo era bueno, decían, para evitar la guerra). Pero, en realidad, el verdadero objetivo de la confabulación era desencadenar una nueva guerra mundial.

“El acuerdo de Múnich –escribe el historiador norteamericano Herbert Feis- permitió despedazar a Checoslovaquia y exponer a Polonia y a la Unión Soviética al asalto de Alemania”.

La historia posterior es bien conocida. La Alemania hitleriana utilizó todo tipo de pretextos, autoagresiones, presiones, etcétera, para  encadenar prácticamente a los pequeños estados vecinos y agredir a los mismos que la ayudaron a armarse económica y militarmente.

El principio del fin nazi se produjo al atacar a la Unión Soviética.

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