miércoles, 12 diciembre 2018, 06:28
Domingo, 14 Octubre 2018 05:00

Para Trump: Poco valen, pocos votan

Escrito por  Arnaldo Musa/Cubasí
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A pesar del crecimiento económico de Estados Unidos y el surgimiento de nuevos empleos, la pobreza sigue aumentando, y se eleva a cerca de 20 millones quienes malviven en la extrema de los 45 millones a los que se ha llegado en este gobierno de Donald Trump, quien no hace nada para aliviarla.


A ello se unen otros 98 millones de personas que están cercanas a esa línea, y que cada día tienen que emprender una lucha constante para lograr una alimentación adecuada.

Esta situación hay que tenerla en cuenta cuando analistas extranjeros y cubanos se enfrascan en cuestiones tales como si las elecciones de medio término en noviembre venidero en Estados Unidos serán una especie de aceptación o no al gobierno de Donald Trump.

A mi entender, eso no puede ser el principal problema a tratar, sino el por qué -y el establishment lo maneja- los pobres y los que rondan esa línea no votan generalmente, cuando más un 20%, a lo que se unen una alta abstención y maniobras gubernamentales para que otros grupos, principalmente los chicanos y otros minoritarios, no acudan a las urnas.

Se sabe que la alta abstención beneficia principalmente a la derecha, y ello ha sido reconocido por Sanders y otros líderes demócratas y de algunas facciones.

En los últimos tiempos han surgido algunos signos alentadores, nada favorables a Trump y a su Partido Republicano, que podría perder la mayoría en la Cámara de Representantes, pero no en la del Congreso, y en ello tiene que ver un fuerte movimiento feminista contra la discriminación, la protesta por la alta tasa de mortalidad infantil, la violencia provocada por el uso indiscriminado de armas –legalizado por una controvertida Segunda Enmienda constitucional- y la llegada a la cifra de casi un millón de personas que están sin hogar, el doble de las que habían cuando Trump asumió la Presidencia.

No sólo contrarios a Estados Unidos y su sistema destacan esto, sino que en la aliada Gran Bretaña critican el desajuste social norteamericano, avalado por el relator sobre Pobreza Extrema y Derechos Humanos de Naciones Unidas, Philip G. Alston:

"Su enorme riqueza y conocimiento contrastan de forma chocante con las condiciones en las que viven grandes cantidades de sus ciudadanos…, propias del Tercer Mundo.

El texto es una crítica descarnada a la primera potencia del mundo, en la que se apuntan problemas como la creciente desigualdad, la persistencia del racismo o la existencia de un desprecio de los sectores en el poder hacia los más pobres y desfavorecidos.

"En un país rico como Estados Unidos, la persistencia de la pobreza extrema es una decisión política adoptada por quienes están en el poder. Con voluntad política podría ser fácilmente eliminada", señala Alston, quien indica que hay una serie de ingredientes indispensables en una política para eliminar la pobreza, entre los que incluye cuestiones como las políticas de pleno empleo, la protección social para los más vulnerables, un sistema de justicia justo y efectivo; o la igualdad racial y de género.

"Cómo se verá más adelante (en el texto), Estados Unidos se queda corto en cada una de estas medidas", apunta.

Pero Trump no aceptó la crítica a la realidad imperante en su país, alegando que el texto contiene cifras "exageradas", pues afirmó que el número de personas en pobreza extrema en ese país es de 250 000.

La hoy renunciante embajadora de Estados Unidos en la ONU, Niki Halley, dijo en ese momento que el informe es engañoso y está "motivado por razones políticas", y acusó al relator de "desperdiciar" los recursos de la ONU al investigar la pobreza "en el país más rico y libre del mundo", en lugar de centrarse en países donde los gobiernos causan el sufrimiento de su propia población, como Burundi y la República Democrática del Congo.

Ello demuestra la hipocresía de los defensores del status quo señalan a Estados Unidos como una tierra de oportunidades y un lugar donde el sueño americano puede hacerse realidad, porque los más pobres pueden aspirar a llegar al grupo de los ricos.

La realidad es muy distinta. Estados Unidos tiene una de las tasas más bajas de movilidad social intergeneracional de los países ricos, uno de los elementos claves para juzgar una sociedad estadounidense adaptada a un sistema tan desigual.

Las altas tasas de pobreza infantil y juvenil perpetúan muy efectivamente la transmisión de la intergeneracional y aseguran que el sueño americano rápidamente se convierta en la ilusión americana. La igualdad de oportunidades, que es tan valorada en teoría, en la práctica es un mito, especialmente para las minorías y las mujeres, pero también para muchas familias de trabajadores blancos de clase media.

El honesto informe de Alston confirma una vez más lo que todos conocemos cuando se habla de la pobreza por políticos y medios estadounidenses, y más cuando se aproximan unos comicios.

O sea, se da una imagen caricaturizada de que los ricos son trabajadores, emprendedores, patriotas e impulsores del éxito económico, mientras los pobres son vagos, perdedores y tramposos. Como consecuencia de ello, el dinero que se gaste en bienestar social es dinero tirado a las cañerías.

La realidad, sin embargo, es muy diferente. Muchos de los más ricos no pagan sus impuestos a las mismas tasas que lo hacen otros, acumulan gran parte de sus fortunas en paraísos fiscales y obtienen sus ganancias solamente de la especulación, en lugar de contribuir a la riqueza general de la comunidad estadounidense.

En toda sociedad hay quienes abusan del sistema, tanto en los niveles superiores como en los inferiores. Pero, en realidad, los pobres son mayoritariamente aquellos que nacieron en la pobreza, o quienes cayeron allí por circunstancias que en gran medida se hallan fuera de su control, como las enfermedades mentales y físicas.

Y es que estos prejuicios sobre ricos y pobres se reflejan en la formulación de políticas, sobre todo en los argumentos para impulsar los recortes en los beneficios sociales, al afirmarse que son las acusaciones sobre la existencia de un fraude generalizado en el uso de los mismos y que muchos funcionarios estaban buscando todo el tiempo formas de sacar provecho del sistema.

Y esto es una pequeña parte del mal, lo cual incide al final acerca del por qué se pierde la fe en el sistema y se le deja la mano libre a quienes lucran con este desaliento.

Ello parece volver a predominar en las próximas elecciones de medio término, en los que los elementos honestos que puedan existir tienen que hacer que los más necesitados tomen aliento y hagan un intento para demostrarle a Trump que pueden valer, y pueden votar.

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