miércoles, 20 noviembre 2019, 09:46
Viernes, 17 Mayo 2019 04:01

Tierra para Victoriano (+ Infografía)

Escrito por  Yuris Nórido / CubaSí
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Hace 60 años Fidel Castro firmó en Cuba la Ley de Reforma Agraria. Fue un verdadero hito para muchos campesinos, que por primera vez fueron dueños de las tierras que trabajaban.

Hace 60 años Fidel Castro firmó en Cuba la Ley de Reforma Agraria. Fue un verdadero hito para muchos campesinos, que por primera vez fueron dueños de las tierras que trabajaban. Entre ellos, Victoriano Cabrera.

Victoriano Cabrera —campesino, padre de siete hijos, empleado circunstancial en las colonias de caña de azúcar del central Violeta, en la antigua provincia de Camagüey— supo que Fulgencio Batista había huido al mediodía del primer día de 1959.


Había estado toda la mañana arando un pequeño terreno al lado de su casa, a pesar de las fiestas por el año nuevo. Su cuñado y vecino Melo le trajo la noticia: «Batista se fue en un avión. No se sabe quién gobierna ahora».


Victoriano detuvo los bueyes, se secó la frente y abrazó a su amigo: «Ahora va a gobernar Fidel».


Melo no estaba seguro: «Los militares no lo van a dejar. Para nosotros no va a cambiar nada. Los pobres seguirán igual de pobres y los ricos cada vez más ricos».


Algo le decía a Victoriano que esta vez sí iba en serio:


—Yo creo que eso va a cambiar. Esa gente que está en las lomas es distinta. Fidel Castro va a poner las cosas en orden.


—Mira que hay muchas cosas que arreglar…


—Yo te digo que dentro de muy poco tú y yo vamos a tener tierras, no vamos a tener que depender de los colonos…


—Ver para creer…


Vieron y creyeron. Apenas unos meses después, Fidel Castro firmaba la Ley de Reforma Agraria. El latifundio sufrió un golpe mortal… y miles de campesinos pobres recibieron por primera vez tierras para su sustento.


«¡La tierra para el que la trabaja!» —repetía una y otra vez Victoriano por aquellos días. Le dieron dos caballerías de unos terrenos que pertenecían a una empresa privada. Estaban cubiertos de hierba, pero él no se amedrentó. Junto con dos de sus hijos, en menos de un mes, ya todo estaba arado y sembrado.


Victoriano decidió no volver a trabajar en la caña, que era un trabajo de unos pocos meses, los de la zafra. «Se acabó el tiempo muerto. ¡Ahora todo el tiempo está bien vivo!»


Durante treinta años, mientras tuvo la pequeña finca, sembró y cosechó maíz, frijoles, boniato, yuca, maní… Su esposa, Ana Luisa, atendía un pequeño huerto, donde cultivaba tomates, lechuga, coles, ajíes…


Nunca más pasaron hambre: vendían parte de lo que cosechaban para comprar lo que necesitaban. Pronto tuvieron radio, refrigerador, servicio sanitario… y un día, por fin, un televisor, que era el sueño de Ana Luisa.


«¿Quién me iba a decir a mí que iba a poder ver películas sentada en la sala de mi casa?»


Victoriano no quiso que sus hijos se quedaran trabajando la tierra, aunque uno de ellos decidió hacerlo. Los más jóvenes se fueron a estudiar, se hicieron profesionales.


«Lo importante es trabajar en lo que uno quiere y puede. Mi vida es esta tierra que me dio Fidel, la vida de los demás es cuestión de ellos».


A finales de la década de los ochenta, Victoriano decidió venderle sus tierras al Estado, a cambio de una pensión vitalicia para Ana Luisa.


Se quedó solo con media caballería: «Suficiente para comer». Trabajó en el campo hasta que cumplió ochenta y cinco años. Después sus hijos lo mudaron para el pueblo, porque querían tenerlo cerca.


Victoriano lloró muy pocas veces en su vida, pero el día que dejó la casa donde había vivido más de medio siglo no pudo reprimir una lágrima.


«Ojalá que no dejen que esto se llene de marabú». Se montó en un camión y nunca más regresó.


Hasta el día de su muerte, cumplidos ya los 92 años, recordó el día en que le dieron su tierra:


«Melo creía que Fidel no iba a cumplir su palabra, pero yo siempre confié en ese hombre».


Guardaba como un tesoro su carnet de socio de la ANAP: «Campesino nací y campesino me voy a morir, aunque termine mi vida lejos de mi finca».


Victoriano Cabrera, al que todos llamaban con cariño Victorino, era mi abuelo materno. Y su mayor entretenimiento era hacerme los cuentos de su vida.


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