lunes, 21 octubre 2019, 04:31
Miércoles, 29 Mayo 2019 04:42

Chago, el artista silencioso

Escrito por  Vladia Rubio /CubaSí
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Este 29 de mayo Santiago Armada (Chago) cumple 24 años de fallecido, pero su obra continúa vital, gritando tan alto como si estuviera recién nacida de entre sus manos.


Solo después de mucho tiempo supe que aquel señor siempre callado, como empeñado en pasar inadvertido, era Chago.

Pero cuando en el periódico Granma me ubicaron a su lado para que, como complemento de mis estudios de periodismo, aprendiera también rudimentos de diseño, solo conocía de él que era un tanto especial.

Daba la impresión de andar como refugiándose tras sus espejuelos de ancha armadura de plástico negro o gris oscuro. Recuerdo muy bien sus ojos, de un color verde aceituna, porque parecían llevar una vida propia, independiente del resto de aquel cuerpo intrascendente.

Aquellos ojos sí que trascendían, y mientras te explicaba, tipómetro en mano, de picas y hojas pautadas parecían haber escapado y andar por su cuenta rebuscando entre copas de árboles, entre sábanas o entre soles.


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Nunca pude aprender bien aquel asunto, entonces un tanto artesanal, de acomodar textos en ciertos formatos, de agrandar o achicar fotos por la diagonal; pero me quedó el haber compartido, sin saberlo, con un famoso artista cubano. Tanto, que ha sido ubicado en la vanguardia artística de la década del 60, junto a Servando Cabrera, Raúl Martínez, Antonia Eiriz y Humberto Peña.

Tiempo después supe que no era tan callado con todo el mundo, que incluso llegaba a ser vehemente, apasionado, pero solo con quienes elegía. Y supe también que además de diseñador –formatista se decía entonces- era humorista, escritor, artista plástico, y había formado parte del Movimiento 26 de julio y del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, donde además laboró en la redacción de El Cubano Libre.

Era “un humorista genial” aseguraban los entendidos, pero tanta era su modestia, su desinterés por las glorias, que pasaba inadvertido aun cuando obras suyas como La Llave del golfo, hoy en el Museo Nacional de Bellas Artes, hubiera protagonizado todo un escándalo al integrar el gigante mural colectivo del Salón de Mayo, en La Habana 1967.

Aunque las intenciones del creador eran subrayar la fuerza viril de la Revolución, no fueron pocos los alarmados ante la explícita alusión fálica de la obra.

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Trabajó para la Radio Rebelde de la Sierra Maestra y también para la publicación El Cubano libre, donde nació Julito 26, uno de sus antológicos personajes, tanto como Salomón (periódico Revolución, 1961).

Fue fundador en 1960 del semanario humorístico El Pitirre, con un humor transgresor y novísimo, en el que confluyeron José Luis Posada, Eduardo Muñoz Bachs, René de la Nuez, Frémez y Tomás Gutiérrez Alea, quien también aportó alguna que otra caricatura a aquella vanguardista publicación.

El quehacer artístico de Chago, además de la impronta política, tuvo sobre todo una intención filosófica que el propio autor decidió llamar desde 1965 como “humor gnosis”.

“Lo oculto, lo inédito, lo oscuro, lo auroral”, al decir del propio artista, tenían cabida en su singular humor, bien distanciado de la risa por la risa y compartiendo orilla con preguntas y angustias tan ancestrales del ser humano como las referidas a la muerte, lo escatológico, la existencia, el amor, el poder y el sexo.

No era fácil dialogar con la obra de Chago, en oportunidades se volvía totalmente hermética y, por tanto, más retadora. Quizás el ser incomprendido, el adelantarse en formas y contenidos a su tiempo, le llevó a un cierto aislamiento que se tradujo en cada vez menos exposiciones.

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Su propio libro “El Humor Otro”, creado en 1963 pero que solo en los años 80 alcanzó una amplia difusión, habla de las ambivalencias, de los pronunciamientos crípticos, de los enigmas, absurdos y poéticas de Chago, así como también del costo de los mismos.

Este ensayo gráfico sobre la condición humana, vio la luz bajo el sello Ediciones R, uno de los proyectos impulsados originalmente por Lunes de Revolución, y contó con el diseño de Raúl Martínez quien con ello aportó a su conversión de libro de humor en libro de arte.

Después de un dilatado silencio expositivo, la última vez que algunas de sus obras fueron mostradas al público ocurrió en 1995, justo el año en que, sin alharaca ni redoblantes, una breve nota en el periódico Granma anunció un día como hoy su muerte.

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